domingo, octubre 09, 2011

El árbol de la vida y la música


Fui al cine a ver El Árbol de la Vida inundado de esperanza y con millones de expectativas. Salí de la sala con una confusa sensación: había asistido a momentos realmente hermosos y vibrantes, pero también a otros aburridos, cansinos y fuera de contexto.

Además, para un ateo como yo tener que soportar una y mil veces el discurso de un Dios que todo lo puede y no puede nada, que todo lo perdona y no perdona nada, que... pues no resulta precisamente atractivo. En fin, la clase de argumentación disparatada de quien ha depositado sus creencias en algo carente de toda lógica y raciocinio. Es lo que tiene la FE, vale lo mismo para un roto que para un descosido.

Y el caso es que los momentos más líricos y hermosos del filme pueden contentar a cualquiera. El creyente, el agnóstico o el ateo. Especialmente para los últimos... ¿Qué andamos buscando por ahí cuando tenemos la vida por delante? ¿Qué andamos inventando por ahí cuando la música, la naturaleza y el amor son ya motivos más que suficientes para disfrutar esta vida breve y fascinante que nos ha tocado en suerte?

La BSO de Desplat es ciertamente maravillosa, pero como es habitual Malick hace una selección de música clásica excepcional y la combina magistralmente con imágenes de una belleza sublime: árboles o visillos acunados por el viento, reflejos del sol en un cristal, el rostro de una madre, el pasillo de una casa que podría haber sido la nuestra, la cara sonriente de un niño...

Yo dejo las dos piezas que más me gustaron. Ese Lacrimosa de Preisner (ya sabéis, uno de mis compositores favoritos de todos los tiempos), con imágenes creadas de un Universo fascinante y vivo; y ese Moldava de Smetana, lleno de fuerza y melancolía, son motivos más que suficientes para pagar la entrada del cine y disfrutar. Una pena no tener la secuencia de la segunda, porque es maravillosas de verdad.





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