viernes, marzo 15, 2013

Michael Haneke

Ver las películas de Haneke es casi un acto de masoquismo. Uno sabe de antemano que va a sufrir, que va a asistir a un espectáculo que retratará lo peor del ser humano. La faceta más violenta, triste, lóbrega o íntima del ser humano. Aquellas que el cine pocas veces se atreve a abordar.
 Y a pesar de todo, uno se arrastra hasta la sala, se conciencia y se prepara para recibir un puñetazo en toda la boca del estómago. Y el dolor dura algunos días. La impresión se alarga durante semanas. El fondo se enquista en el alma para siempre.

Haneke es honesto hasta la exasperación. El reconocimiento a su obra no lo ensalza a él, ensalza al CINE. Haneke nos da ese puñetazo para que no olvidemos qué somos, qué tratamos de tapar, ocultar, olvidar... Él llega para deshacer el castillo de naipes e imposturas y mostrarnos esa realidad que en muchas ocasiones no deseamos ver. Y lo hace maravillosamente. Lo hace magistralmente.

Bravo por este genio valiente. Tan necesario...

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