martes, septiembre 10, 2013

Momentos Estelares de la Historia del Cine (L)



Podría pasarme siglos hablando de La Vida es Bella. Siglos explicando lo que tantos otros millones de personas han sentido al ver este fabuloso filme. Quizá por eso le he reservado este momento tan privilegiado en esta serie de Post, el 50º. Emoción, dolor, alegría, tristeza, compasión, rabia... son tantas las emociones que se acumulan viendo esta película. Benigni se salió, se escapó de sí mismo para contar una historia: la de una novela, la del Holocausto, la de su padre, la de su mujer... Y quizá por eso, por esa sinceridad inmensa, se sacó de la mano una Obra Maestra.

Como en alguna otra película ya señalada en esta sección, y alguna otra que pronto la visitará, me fascina la capacidad del ser humano para encontrar a lo que aferrarse en las peores circunstancias. Y me fascina porque yo no soy así. Pero la mayoría de las personas, por suerte, sí. Y es algo increíble y maravilloso.

La historia de este padre encerrado con su hijo en un campo de concentración, tratando de disociar a su pequeño de la barbarie, intentando, olvidando su propio dolor, que su pequeño viva la vida que le ha tocado en suerte de la mejor forma posible... es conmovedora hasta decir basta. Y resulta creíble, porque Benigni la hace creíble.

En 1997, año de estreno de esta película, también nació María, mi hija. Y ya desde entonces le copié al bueno de Benigni la frase más maravillosa de su filme, y no hay mañana que no despierte a mi pequeña (aunque ya es toda una mujercita de 16 años) levantando la persiana y gritando con toda la alegría del mundo:

¡¡Buenos días, Princesa!!

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